Las etapas del duelo amoroso

El duelo amoroso es un proceso de ajuste emocional después de una ruptura, durante el cual diversas emociones compiten entre sí. El camino incluye etapas diferentes que pueden explicarse por separado, pero que no se presentan siempre de un modo ordenado. Pueden solaparse y mezclarse entre sí, pero lo que sí hay que saber es que, para completar el proceso de curación, hay que experimentarlas todas.

Puede haber días mejores o peores. A veces lo que se creía superado se vuelve a sentir. Estas diferentes fases son estados emocionales antinómicos:

 

  • Amor y odio;
  • Pesadez y alivio;
  • Soledad y sociabilidad;
  • Pasado y presente;
  • Certeza e incertidumbre, etc.

Las emociones dominan cualquier intento de racionalización, aunque poco a poco será posible evaluar los beneficios de la decisión tomada. Es importante no dejarse llevar por la culpa o la nostalgia por lo perdido. Si una pareja decide separarse o una de las partes toma la decisión, seguramente existirán motivos valederos.

Las diferencias irreconciliables, el control sobre el otro, los celos, la violencia de cualquier orden, los cuestionamientos a los proyectos individuales, los desacuerdos profundos en la crianza de los hijos, las dificultades sexuales que se niegan o no se tratan por la omnipotencia masculina, son obstáculos severos que restringen la vida en pareja.

Etapas

En una primera etapa se vive el enojo, la bronca, la ira, no sólo con el otro, sino con cuestiones abstractas como: “por qué me tocó a mí”, “por qué no pude”, “no supo cuidarme y cuidar la pareja”, etc. Después vendrá la angustia por la soledad, la ausencia del otro, la imposibilidad de compartir los proyectos, la incertidumbre por el futuro.

Esta etapa de transición deriva en una tercera instancia con una idea más realista de lo sucedido y de lo que uno podría hacer para estar mejor. Se acepta que la decisión de separarse tuvo sus motivos valederos y que de ahora en más habrá que generar otros proyectos, que la vida no se detiene por un fracaso amoroso. También poco a poco se debe restablecer la confianza, la seguridad personal, el disfrute de la soledad o las ganas de estar en pareja.

No sirven ni las urgencias por estar con otro, ni las creencias de que será imposible volver a creer. Estos pensamientos son esperables en las primeras etapas, pero cuando se instalan con convicción es posible que cercenen deseos de superación.

 

 

Los duelos en las personalidades dependientes

La persona dependiente no desea terminar la relación: ni emocionalmente ni físicamente. Su reacción afectiva es lenta y se aferra a la idea de que aún queda algo vivo. Se niega a dar por terminada la unión y no puede afrontar la recuperación. Pasan varias horas pensando en la ex pareja, son incapaces de concentrarse en otros aspectos de la vida, se obsesionan, quieren saber qué hace el otro, mantener una relación en la cual se siguen reproduciendo los mismos problemas.

Otra manera de intentar superar la crisis con recursos urgentes es buscar relaciones efímeras que brindan un momento fugaz de contención, escucha y sexo, sin embargo, no deja de ser una forma defensiva de mitigar la ira o la vivencia de fracaso, agregando más inestabilidad emocional. Pasar de una relación a otra por el mero hecho de estar acompañados solo hace que el dolor y el miedo a encarar la vida sola sigan en su sitio sin solución.

Así se crea un escenario favorable para vivir engañosamente un estado placentero, cuando es una defensa para reducir el dolor. Este tipo de reacción está siendo más frecuente en hombres que en mujeres, ya que estas últimas tienen más experiencia que los varones para afrontar abiertamente sus sentimientos y el sufrimiento emocional.

Mientras se pasa de una conquista a otra se puede reconstruir transitoriamente el ego dañado, pero con el tiempo la gratificación es cada vez menor y al final habrá que hacer frente al sufrimiento de una vez por todas. Mientras se desarrolla la capacidad para estar solo, será bueno asumir que hay que seguir viviendo mientras se procesa el dolor. De esta manera también se acabará debilitando y la persona podrá sentirse más fuerte, más segura y con mayor capacidad para entender las razones de la ruptura. El sufrimiento será constructivo; que la tristeza siga su curso hasta que se termine.

 

Elegir por comparación

Una vez que la persona se siente en condiciones de volver a salir con alguien puede caer en la trampa de comparar los posibles candidatos con la pareja anterior. La búsqueda por comparación lleva a elegir a alguien muy parecido a la anterior pareja, o por el contrario, a descartar a todo aquel que muestre algún parecido con ella.

El hecho de buscar a un doble de la pareja perdida indica que aún no se ha aceptado completamente la pérdida amorosa y que aún se puede estar experimentando algún pensamiento obsesivo. Si, por el contrario, se rechazan todos los que recuerden a la pareja anterior, esto puede ser indicio del temor a volver a sufrir. Para evitar este problema, conviene mantener el contacto con las propias necesidades y darle curso al deseo de volver a creer, sin estar pendiente en los aspectos conocidos o desconocidos del otro.

En las primeras etapas la persona debe concentrarse en sus propias necesidades para construir un modo de vida más satisfactorio para sí misma y así hacerlo extensivo a una nueva relación.

La fuerza interior que nace del sufrimiento se transforma en confianza y seguridad para poder seguir arriesgándonos a vivir y a amar. Al poner el punto final a una relación íntima, tenemos la necesidad de reconstruir nuestra autoestima e independencia. La decisión de romper la relación y la de vincularse a otro deberían ser, idealmente, procesos independientes, tanto para quitar presión a la nueva relación como para asegurar que el hecho de haber terminado ha sido una decisión correcta. Una nueva relación solo será satisfactoria si se tiene una buen vínculo con uno mismo resultado de las etapas del duelo amoroso vividas sin urgencias ni defensas.

 

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